Travesuras de la niña mala: una rara forma de amar

El Bar B´Way en Barinas, Venezuela, tiene el aire de los lugares donde imagino que se encontraban los protagonistas de esta novela. Foto: María Adela Mendoza

 

Este libro de Mario Vargas Llosa muestra los encuentros y desencuentros entre el protagonista y una mujer esquiva

Cuando tengo un libro de Mario Vargas Llosa en las manos lo primero que viene a mi mente es la profesora de Castellano y Literatura de primer año de bachillerato, quien nos asignó la lectura de La casa verde como parte de nuestras tareas de clase; lo segundo que recuerdo es a mi hija recomendándome La guerra del fin del mundo. Confieso que me gusta este autor, aunque hay partes de algunos de sus libros que se me han hecho tediosas y que, bajo la crítica severa de mi hija, he sentenciado que sería bueno eliminarlas. No es el caso de Travesuras de la niña mala: todas sus páginas son geniales.    

Todo empieza en Perú. Ricardo Somocurcio es un adolescente con un solo sueño en la vida: vivir en París. Durante un verano de playa y fiestas, conoce a Lily, una chilenita de 11 años de edad, coqueta y seductora, de quien se enamora perdidamente sin ser correspondido, como sucede casi siempre con los amores a esa edad. Tiempo después, Ricardo se gradúa de abogado y se va a Francia tal y como se lo propuso siempre, convirtiéndose en traductor para la Unesco, lo que le permite ganar un sueldo para sobrevivir, además de la ventaja de aprender otros idiomas y viajar.

En esos momentos de sobrevivencia, cuando el hambre apremia, Ricardo recurre a un coterráneo, el gordo Paúl, quien trabaja como chef en un restaurant parisino y se encarga de suministrarle algo para comer. Paúl se dedica a apoyar el movimiento revolucionario cubano de los años sesenta y un día le pide a Ricardo como favor que reciba y ubique temporalmente en París a los “becarios” sudamericanos que se ofrecían como voluntarios para obtener instrucción militar en la isla caribeña; estos hacían escala en Francia por unos pocos días antes de partir definitivamente a Cuba.

Me gustan los espacios tranquilos para leer y en el Bar B´Way encontré uno perfecto. Aunque hay música de ambiente (casi toda de los años ochenta) y entra y sale gente, se puede disfrutar de la lectura. Foto: María Adela Mendoza

Mientras estaba en esas labores, recoge a tres muchachas peruanas, una de las cuales le parece familiar. Es ella quien le pide a Ricardo hacer un paseo por París antes de partir a su destino final, cosa que no estaba permitida a los “becarios”. Sin embargo, él, curioso de saber de dónde la conoce, la lleva a recorrer la ciudad y es allí cuando se da cuenta de que la “camarada” Arlette es la misma chilenita de la que se enamoró en Perú siendo adolescente. Pese a sus sentimientos, se ven obligados a separarse.

Es en este punto que inician las idas y venidas del amor entre Ricardo y la niña mala. En Cuba la chilenita Lily, ahora camarada Arlette, se convierte en la pareja amorosa del Comandante Chacón, brazo derecho de quien coordina todas las acciones rebeldes en todo el mundo; Ricardo se entera gracias a Paúl. Después de un largo tiempo de despecho y decepción por la noticia de haber perdido a su niña mala, Ricardo se consigue con ella en las oficinas de la Unesco, convertida ahora en la esposa del diplomático Robert Arnoux. Del reencuentro surge nuevamente la pasión y se convierten en amantes, pero no es una tarea fácil para Ricardo: ella se hace suplicar, es esquiva, fría y arrogante; el mundo gira a su alrededor. Él se derrite por ella, la complace, la consiente, se rebaja. Un buen día la niña mala desaparece sin dejar rastro.

Encontrarse y desencontrarse será la constante de esta pareja: en Inglaterra, en Japón, de vuelta en París y finalmente en España. Las circunstancias serán variadas e inverosímiles, pero siempre habrá un personaje que enlace a Ricardo con la niña mala una y otra vez.

Como Las travesuras de la niña mala inician en Cuba, creo que un mojito cubano es una bebida que combina perfectamente con esta lectura. Foto: Cecilia Gómez Miliani

Cuando terminé el libro me di cuenta que cada capítulo de la novela narra el encuentro/desencuentro entre Ricardo y la niña mala en un momento y lugar del mundo, y que los nombres de los capítulos nos dan indicios del punto de contacto, la conexión, el puente entre estos dos personajes.

Confieso que en algún momento de la lectura llegué a odiar a esa mujer tan manipuladora, pero también a ese hombre tan tonto. Al final traté de entenderlos: si dicen que el amor es ciego, esta historia lo muestra perfectamente. ¡Y pensar que en la realidad hay parejas muy parecidas a la de Ricardo y su niña mala!


El fragmento

«Y acaso, aquí mismo, cuando era todavía una mocosita impúber, tomó ya la temeraria decisión de salir adelante, haciendo lo que fuera, de dejar de ser Otilita la hija de la cocinera y el constructor de rompeolas, de huir para siempre de esa trampa, cárcel y maldición que era para ella Perú, y partir lejos, y ser rica –sobre todo eso: rica, riquísima-, aunque para ello tuviera que hacer las peores travesuras, correr los riesgos más temibles, cualquier cosa, hasta convertirse en una mujercita fría, desamorada, calculadora, cruel. Sólo lo había conseguido por cortos períodos y lo había pagado carísimo, dejando pedazos de su piel y de su alma en el camino».


El autor

Mario Vargas Llosa nació en Arequipa, Perú en 1936 y obtuvo la nacionalidad española en 1993. Su primera novela La ciudad y los perros ganó el Premio Biblioteca Breve (1962) y el Premio de la Crítica Española (1963). En 1966 aparece su segunda novela La casa verde que obtuvo el Premio de la Crítica y el Premio Internacional Rómulo Gallegos. Ha publicado piezas teatrales, estudios, ensayos, memorias y relatos, pero sobre todo se ha destacado por sus novelas. Entre las muchas distinciones que ha recibido destaca el Premio Nobel de Literatura de 2010. Muchas más cosas sobre este autor pueden ser vistas en su página web http://www.mvargasllosa.com/

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