Necesitamos nombres nuevos: entre la infancia y el desarraigo

Este libro es ideal para leer entre los colores de la naturaleza, que hacen pensar en los paisajes de esta novela y en la inocencia perdida de sus protagonistas. Foto: Ariana Guevara Gómez

Hay libros que logran dar forma a aquello que ni siquiera nosotros mismos somos capaces de expresar. Son obras que nos hablan, nos despiertan del letargo, nos ayudan a entender nuestra propia vida. Eso lo he experimentado en varias ocasiones: por ejemplo, con Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie, con Desoriental de Négar Djavandi y ahora con Necesitamos nombres nuevos de NoViolet Bulawayo. En esta novela encontré palabras para describir mis propios sentimientos de nostalgia, culpa, pérdida y desarraigo. 

Pero, antes de llegar ahí, este libro nos descubre la dureza de la vida en Paraíso, un barrio pobre de Zimbabue ―aunque nunca se llegue a mencionar directamente―, en el que un grupo de niños intenta sobrevivir. Bastardo, Sabediós, Chipo, Stina, Sbho y la protagonista, Darling, se dedican a robar guayabas en Budapest, una urbanización acomodada que se encuentra muy cerca de su casa; a visitar la construcción de un centro comercial, propiedad de unos chinos; y, sobre todo, a jugar. Juegan a Buscar a Bin Laden, al hospital, al asesinato de Nacidolibre, y a los países: cada uno representa a una nación del mundo. Algo simbólico es que todos quieren ser países como Estados Unidos, Suiza o Canadá, y los perdedores deben quedarse con Sudáfrica, Botsuana o Tanzania. 

Las guayabas tienen mucho protagonismo en la primera parte de la novela, por lo que son la compañía perfecta para entrar en ambiente. Foto: Ariana Guevara Gómez

El juego, en lugar de contrarrestar o servir de escape a la miseria del entorno, es un reflejo de las circunstancias. Los niños mantienen a duras penas una inocencia que no puede estar ajena al hambre, la pobreza, el embarazo precoz, el sida, el asesinato por razones políticas y la inestabilidad. Intentan entender a su manera una realidad hostil y, al mismo tiempo, mantienen la esperanza por el futuro. Darling, por ejemplo, está convencida de que cuando vaya a Estados Unidos su vida será mejor. 

El capítulo titulado “Cómo se marcharon” ―uno de los que más me conmovió― marca el inicio de una segunda parte muy diferenciada. Darling llega a Estados Unidos para vivir con su tía Fostalina y poco a poco va descubriendo que ese territorio idealizado no es lo que esperaba. Está lejos de su familia, la gente trabaja sin parar, las calles están llenas de inseguridad y frío. Poco a poco, de todos modos, va adaptándose al nuevo estilo de vida, y pronto descubre que ya no tiene casi nada en común con aquello que dejó atrás.

Como se ha comentado en otras reseñas, Necesitamos nombres nuevos habla de temas ya muy conocidos. La diferencia es que lo hace desde una perspectiva original: la narración en primera persona ayuda a seguir la evolución de Darling, desde una niña de 10 años que juega en un barrio zimbabuense, hasta una adolescente que busca su lugar en una sociedad que tampoco siente suya. Algo que está muy bien logrado es que la voz narrativa va madurando junto con el personaje. Es fácil diferenciar a la Darling niña de la Darling adolescente solo por su manera de hablar. 

El humor también se hace presente en toda la obra. Están, por ejemplo, los diálogos y reflexiones infantiles que, aunque causan gracia, encierran verdades muy profundas: “Digo yo que, si vas a robar, es mejor que sea algo pequeño y fácil de esconder, o algo que puedas comerte deprisa y ya está, como las guayabas. De esa manera, la gente no te ve con lo que sea que hayas robado y no puede saber que eres un ladrón y un sinvergüenza. Así que no entiendo qué era lo que pretendían los blancos cuando robaron un país entero en vez de algo pequeño. ¿Cómo se va a olvidar alguien de que le has robado una cosa así?”. 

Necesitamos nombres nuevos tiene muchas frases para subrayar y escenas que inspiran muchísimos sentimientos. Foto: Ariana Guevara Gómez

Más adelante, al estilo de Americanah, la autora también se sirve del humor y la ironía para hacer críticas sobre la sociedad estadounidense, sobre su condescendencia, su consumismo, su injusticia y sus prejuicios: “Pero esta gordura americana no tiene nada que ver, es como de otro nivel, porque el cuerpo se convierte en otra cosa: el cuello, en un muslo; la tripa, en un hormiguero; el brazo, en una cosa, y el culo, no sabría decir en qué”.

Y si bien la obra aborda una infinidad de temas interesantes ―las diferencias culturales entre los africanos y los hijos de la diáspora, la esclavitud moderna, la sexualidad en la adolescencia, la obsesión por la delgadez, la guerra y sus efectos en la familia―, yo me quedo con la manera de expresar el conflicto de la migración. Es verdad que no es nada nuevo y quizás mi opinión esté influenciada por mi situación personal, pero, para mí, este libro logra plasmar muy bien la complejidad de emociones que se sienten al abandonar la propia tierra. Por ejemplo, la nostalgia por la comida y las reuniones familiares, la culpa por abandonar nuestra “casa en llamas”, la lucha por la adaptación a una sociedad en la que siempre seremos extranjeros. Al final, después de leer todo el libro, queda planeando una pregunta que se me ha vuelto recurrente: si vivo en un lugar lejano a mis raíces, y si la distancia quizás me inhabilita para considerar a mi país como mío, ¿entonces dónde está mi hogar?

Dos fragmentos

“Mirad a los hijos de la tierra que se marchan en tropel, que abandonan su propia tierra con heridas sangrantes en el cuerpo y el horror en el rostro, con sangre en los corazones y hambre en los estómagos y dolor en sus pasos. Dejan atrás a sus madres, a sus padres, a sus hijos. Dejan sus cordones umbilicales bajo el polvo, dejan los huesos de sus antepasados en la tierra, dejan todo lo que los hace ser quienes son y lo que son, lo dejan todo atrás porque ya no es posible quedarse. No volverán a ser los mismos, porque no se puede ser el mismo una vez que has dejado atrás lo que eres. No se puede ser el mismo”

“Cuando Chipo me informa de esto, a mí me da un dolor muy raro en el corazón. Se me seca la garganta, y a la vez se me llena la boca de saliva. Me acuerdo del sabor de todas esas cosas, pero recordarlo no es comérselas y es algo que hace daño

Ficha

Versión en español Versión en inglés
Necesitamos nombres nuevos We need new names
Editorial: Salamandra Editorial: Back Bay Books
Año: 2018 Año: 2014
Año de primera publicación: 2013 Año de primera publicación: 2013
Páginas: 249 Páginas: 320
Idioma original: Inglés Idioma original: Inglés
Traducción al español: Sonia Tapia Traducción al inglés:
Mi valoración: 4,5/5 Mi valoración: 3,72/5
Valoración en Goodreads: 3.63/5 Valoración en Goodreads: 3.72/5

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