Voces de Chernóbil: golpes radioactivos

Para leer Voces de Chernóbil es necesario encontrar un espacio abierto pero en el que, además, el lector tenga privacidad: es una lectura muy dolorosa e íntima, que necesita mucho aire fresco. Foto: Elisabeth Dieter 

 

El libro consiste en un ensayo en el que se recopilan las entrevistas que realizó la periodista Svetlana Alexiévich a habitantes de la región y a personas que estuvieron relacionadas con el incendio de la Central Eléctrica Atómica

Desde que la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich ganó el Nobel de Literatura me interesé por conocer su obra. Por eso, cuando vi sus textos en la librería, decidí comprar uno y elegí Voces de Chernóbil porque ese lugar me transmitía una historia que no recordaba con claridad. ¿Fue una bomba atómica?, ¿una guerra? Quise aliviar mi ignorancia.

Con este ensayo Svetlana logra explicar de forma magistral lo que ocurrió y lo que sigue pasando en el lugar. En las primeras 7 páginas nos muestra fragmentos de noticias, investigaciones y reportes que explican con cifras, fechas y datos el acontecimiento:  “El 26 de abril de 1986, a la 1 h 23’ 58’’, una serie de explosiones destruyeron el reactor”, “como consecuencia de la catástrofe, se han arrojado a la atmósfera 50 x 106  Ci de radionúclidos; de ellos 70 por ciento ha caído sobre Belarús”. Los últimos fragmentos datan de 2005, y muestran lo cercana y oscura que la historia se mantiene. Pero es a partir del primer monólogo, “Una solitaria voz humana”, que entendemos que el libro trata de historias únicas, de una tragedia vista desde una perspectiva más cercana, desde la primera persona.

Elegí un campo solitario en Talca, en Chile: un lugar abierto con árboles y lagunas para evocar las tierras coloridas y fértiles de Chernóbil. Foto: Elisabeth Dieter 

Voces de Chernóbil es la recopilación de los testimonios de muchas personas que estuvieron o están involucradas de diferentes formas con la tragedia. Cada entrevista está redactada como monólogo, Svetlana deja solo la voz del entrevistado. Y es impresionante: el lector tiene la sensación de distinguir los tonos, sentimientos y personalidades de los personajes.

Cada voz es valiosa. En el libro escuchamos las anécdotas de campesinos, niños, políticos, científicos, militares, amas de casa; y cada una de sus historias tiene relevancia. A medida que leía, sentía que aprendía algo diferente, o que veía una perspectiva distinta y poderosa. Svetlana nos hace apreciar cada testimonio, despertar empatía y compasión por quienes hablan.

El mejor acompañamiento sería, sin dudas, un trago de vodka para ir a tono con cada monólogo que venera esta bebida. También sirve un buen vino, para los que, como yo, no disfrutan tanto el vodka puro. Foto: Andrea Miliani

Es una lectura muy dolorosa. No mentiré. Creo que es uno de los libros que más me ha hecho llorar, tardé mucho en terminarlo. Leí historias que siento que me acompañarán de por vida y otras que aún me cuesta mucho creer, pero también me reí a carcajadas con el humor negro de algunos y me asombré al aprender no solo sobre los efectos de la radiación, sino también sobre una cultura con tradiciones, supersticiones y pensamientos diferentes. De igual modo, me llamó la atención la similitud que pude encontrar en este libro con el actual sistema político y la crisis en Venezuela, o la apreciación del campo que he encontrado en chilenos que viven en regiones.

Svetlana nos hace reflexionar sobre intereses políticos y sociales, la ética y la moral,  la capacidad que tiene el ser humano para adaptarse a condiciones “imposibles” y, sobre todo, aunque suene cursi, sobre el poder del amor. Creo que las historias más potentes son las que hablan del amor: el que sienten unos recién casados, el de una madre por su hija, el de un campesino por su tierra. Voces de Chernóbil es un golpe duro de realidad, tiene mucha tragedia, pero también humor y esperanza.


El fragmento

Tomado del capítulo “Entrevista de la autora consigo misma sobre la historia omitida y sobre por qué Chernóbil pone en tela de juicio nuestra visión del mundo”

“—Este libro no trata sobre Chernóbil, sino sobre el mundo de Chernóbil. Sobre el suceso mismo se han escrito ya miles de páginas y se han sacado centenares de miles de metros de películas. Yo, en cambio, me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma. La vida de lo ordinario de unas gentes corrientes. Aquí, en cambio, todo es extraordinario: tanto inhabituales circunstancias como la gente, tal como les han obligado las circunstancias, elevándolos a una nueva condición al colonizar este nuevo espacio. Chernóbil para ellos no era una metáfora ni un símbolo, era su casa. Cuántas veces el arte ha ensayado el Apocalipsis, ha probado las más diversas versiones tecnológicas del final del mundo, pero ahora sabemos positivamente que la vida es incomparablemente mucho más fantástica”.

 


La autora

Svetlana Alexandrovna Alexiévich nació el 31 de mayo de 1948 en Ivano-Frankvisk, Ucrania, hija de padre bielorruso militar y madre ucraniana. Vivió en Bielorrusia luego de la desmovilización de su padre. Al terminar el colegio trabajó como reportera para periódicos locales y luego ingresó en la escuela de Periodismo en la Universidad de Minsk. Durante su carrera se especializó en construir narrativas basadas en testimonios, y desde hace más de 30 años se ha dedicado a escribir sobre conflictos y sus consecuencias, para acercarse a la realidad lo mejor posible. Entre sus primeras publicaciones destacan La guerra no tiene rostro de mujer (1985), Los muchachos de Zinc (1991) y Voces de Chernóbil (1997). Desde sus inicios, la autora ha ganado reconocimientos por su trabajo, y en 2015 fue la acreedora del Premio Nobel de Literatura.


El dato

Este cortometraje está basado en Voces de Chernóbil

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