Las memorias de Mamá Blanca: una exaltación de lo criollo

El lugar ideal para leer Las memorias de Mamá Blanca está en Venezuela. De todos modos, creo que los Jardines del Palacio del Príncipe de Anglona, en Madrid, tienen un encanto especial. Los ventanales que se ven al fondo, y que pertenecen a la residencia nobiliaria, me hicieron recordar la casa de Piedra Azul. Foto: Cristina Urquiola Gómez

 

Este libro, escrito por la venezolana Teresa de la Parra, rememora las anécdotas de la infancia de una niña y sus cinco hermanas en una hacienda de caña de azúcar

Leí por primera vez Las memorias de Mamá Blanca de Teresa de la Parra cuando tenía 12 o 13 años de edad. Recuerdo que mi mamá me dio una versión viejísima que estaba en la biblioteca de la casa, y que me devoré sus páginas en pocos días. En ese momento, me encantó; incluso, después de muchos años seguía en mi cabeza la imagen de la hacienda de caña de azúcar. Ahora, que ya ha pasado un buen tiempo, decidí releer esta historia como parte del proyecto Adopta una autora, que busca darle visibilidad a las mujeres escritoras de cualquier parte del mundo.

Empecé el libro con mucha expectación. ¿Me gustaría esta novela que tanto disfruté en la niñez? Y la respuesta es un rotundo sí. Aquí, por supuesto, jugó un rol importante la nostalgia y el recuerdo. La lectura no solo me llevó a mi infancia, sino también a mi tierra, en la que ya no vivo. Disfruté cada página porque sus personajes criollos y tan venezolanos me transportaron a una época feliz. Es, realmente, un libro entrañable.

Ya que expresé mis sentimientos —espero que sin cursilerías—, tengo que decir de qué se trata el libro. La novela, publicada por primera vez en 1929, empieza con un recuento de la amistad que entabló Mamá Blanca, que tenía casi 70 años de edad, con una niña de 12 años que vivía cerca de su casa. Después de que la anciana muriera, le legó a su vecina un manuscrito con sus memorias. Ella se encargó de editarlo y así surgieron Las memorias de Mamá Blanca.

Nada mejor que acompañar este libro, ambientado en una hacienda de caña de azúcar, con un vaso de papelón con limón y una arepa como las que hacían las mujeres de Vicente Cochocho. Foto: Ariana Guevara Gómez

El libro no es una historia convencional, con un único argumento que siga su hilo conductor de principio a fin. Es, más bien, una compilación de anécdotas sobre la infancia de Blanca Nieves y sus cinco hermanas, que vivían en una hacienda de caña de azúcar en Venezuela. Allí, en Piedra Azul, las niñas tomaban leche recién ordeñada, se bañaban en un chorrerón cerca del trapiche, se subían a los árboles, y molestaban con sus preguntas a todos los peones, especialmente a Vicente Cochocho, que hacía de todo un poco, y a Daniel, el vaquero.

Los personajes tienen una voz muy venezolana. Para mí, fue una delicia escucharlos en mi mente. La forma de hablar de Vicente Cochocho, por ejemplo, a mí me sonaba a llanero, aunque nunca se dijo que fuese de esa región del país. Pero la manera de entonar las palabras, el acento pausado y servicial, me hacían pensar en la gente sencilla del llano venezolano. En todo caso, es un personaje maravilloso, que representa las tradiciones y el saber criollo. Con su buena intención, no solo se encargaba de los asuntos manuales, sino que también recetaba hierbas y pociones para curar a los enfermos —si bien en más de una ocasión todo le salía al revés—.

Las niñas le tenían un aprecio especial e intentaban imitarlo, aunque eso desatara la furia de Evelyn, la cuidadora de origen trinitario, otro personaje con una voz muy identificable: se comía los artículos en las frases. Por ejemplo, decía: “Ya ensuciaste vestido limpio, terca, por sentarte en suelo”. Más allá de la gracia que me causaban sus diálogos, hubo un párrafo sobre ella que me gustó mucho: Blanca Nieves dice que la severidad de Evelyn fue determinante para su felicidad, pues las restricciones fomentaban el deseo. “Al sembrar prohibiciones sobre los objetos y lugares que nos rodeaban, Evelyn les daba vida. Soplando al igual de Dios encima de lo inerte, le ponía un alma divina: el alma que anima todo lo deseable”.

Las anécdotas de este libro se desarrollan, en su mayoría, al aire libre. Por eso, es recomendable leerlo en un lugar abierto y lleno de plantas. Foto: Cristina Urquiola Gómez

El Primo Juancho, con sus pretensiones europeístas y su mala suerte, y Carmen, esa mamá indulgente y dulce, son otros personajes bien construidos. Todos ellos, a mi juicio, dan cuenta del trasfondo central de este libro: la defensa de lo tradicional y lo sencillo, frente al progreso desmedido de las ciudades y las hipocresías de una sociedad que pretende olvidar sus raíces.

Durante la lectura, surgió una duda: ¿todos pueden disfrutar de este libro, así no sean venezolanos? Yo creo que un venezolano puede conmoverse aún más con la belleza de las descripciones y la vitalidad de los diálogos. Pero no es limitante. Como toda buena obra de la literatura, Las memorias de Mamá Blanca cuenta con mensajes universales. Además del asunto de lo criollo, habla sobre el amor maternal, la nostalgia por la infancia vivida, las dificultades para adaptarse a los cambios. Por eso, creo que cualquiera puede, como yo, quedarse con el recuerdo de la hacienda Piedra Azul por bastante tiempo.



Dos fragmentos

“Siendo así que la palabra ‘depravado’ no formaba parte de nuestro vocabulario, nosotras también conferenciamos a fin de cambiar impresiones y dilucidar cuál podría ser aquel nuevo y terrible defecto de nuestro amigo Vicente. Como era de esperar, Violeta se apresuró a tomar la palabra y humillándonos con su saber, declaró ex cátedra que eran ‘depravados’ todos aquellos cuyos techos de paja estuvieran ahumados y desgreñados como lo estaba el rancho de Vicente. Que ella sabía eso: ‘¡Púuuu! ¡Desde cuándo!’”.

“Entretanto, las preguntas de todas las demás comenzaron a lloviznar sobre Daniel hasta convertirse, por su cantidad y simultaneidad, en furioso aguacero:

—¿Tú crees, Daniel, que él está muerto y bien muerto? ¿Tú crees, Daniel, que él ya no tiene remedio? ¿Tú crees, Daniel, que Nube de Agua lo sabe? ¿Tú crees, Daniel, que por eso está mugiendo? ¿Tú por qué no lo llamas, Daniel, ah? ¿Tú por qué no gritas: ¡Nube de Agua!, a ver si él se menea? ¡Grítale, Daniel, anda qué te importa! ¿Por qué tú no le gritas, pues?


Otras lecturas

Sobre Memorias de Mamá Blanca se han escrito muchísimos análisis e investigaciones. Me llamó la atención un artículo de Elizabeth Vejarano Soto, que sugiere una lectura feminista de este libro. Además de que la memoria esté dominada por la presencia femenina, señala que el paisaje idílico de Piedra Azul no solo representa la libertad de la niñez, sino que también se erige como escenario de una vida libre de prejuicios de género: las niñas corrían a sus anchas, usaban juguetes rústicos que ellas mismas construían, se subían a los árboles para comer guayabas; todas estas eran actividades que, por lo general, estaban permitidas solo a los niños. Para Vejarano, esa veneración por el lugar de la infancia podría representar el deseo de una sociedad absolutamente libre e igual para hombres y mujeres.


Sobre la autora

Teresa de la Parra —cuyo nombre verdadero fue Ana Teresa Parra Sanojo— nació en París en 1889. De acuerdo con una semblanza citada en la tesis doctoral Dimensiones de la modernidad venezolana: espacios narrativos en la novelística de Teresa de la Parra y Miguel Otero Silva de Grisel Guerra, Teresa es descendiente de Carlos Soublette, prócer de la independencia venezolana, y perteneció a una familia aristocrática. Cuando tenía 2 años de edad, la familia se mudó a Venezuela y vivió en una hacienda de caña de azúcar, localizada en una zona cercana a Caracas. Por supuesto, estas vivencias sirvieron de inspiración para la escritura de Las memorias de Mamá Blanca. Ya con 8 años de edad, Teresa se fue a vivir a Valencia, España, justo después de la muerte de su papá. Tras una temporada en París, regresó a Venezuela a la edad de 19 años, y allí escribió su primera novela, Ifigenia, que recibió muchas críticas en el país, pero que ganó el concurso de la Casa Editora Franco-Ibero-Americana, en París. En 1927 se encerró en una cabaña durante 3 meses y escribió Las memorias de Mamá Blanca. Después de viajar por Europa y dictar varias conferencias en Latinoamérica, fue diagnosticada con tuberculosis. Murió en Madrid, el 23 de abril de 1936.


Sobre la iniciativa Adopta una autora

La idea del proyecto Adopta una autora es darle visibilidad a las mujeres en el mundo de las letras, sin distinción de su nacionalidad o género literario. El asunto es así: cada quien elige una autora y se compromete a elaborar contenidos sobre ella —pueden ser reseñas o investigaciones— durante varios meses. Me pareció una iniciativa maravillosa, sobre todo después de darme cuenta de que he leído más libros escritos por hombres que por mujeres. Así que decidí participar. Escogí a Teresa de la Parra, por lo que habrá más notas sobre ella próximamente.

One Reply to “Las memorias de Mamá Blanca: una exaltación de lo criollo”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *