La flor púrpura: la lucha por la libertad

Es recomendable leer este libro cerca de un jardín repleto de flores, como el que tenía tía Ifeoma en su casa. Al fondo se puede ver El Jardín del Ángel, un vivero, jardín e invernadero en el centro de Madrid. Foto: Zvonimir Ilovaca Leiro

 

Este libro es el primero de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. Se trata de una novela que explora, desde el punto de vista de una adolescente, asuntos complejos sobre la religión, la política y la vida doméstica

Pasan los días y no puedo sacarme este libro de la cabeza. Todavía pienso en el ambiente opresivo y asfixiante de la casa familiar, en las carencias de la vida cotidiana en el hogar de tía Ifeoma, en el miedo y la timidez de la protagonista. Y, especialmente, sigo dándole vueltas a los temas universales que subyacen en la historia: la intolerancia religiosa y política, la violencia y sus distintas manifestaciones, el abuso de poder.

La flor púrpura, primera novela de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, está contada con la voz de Kambili, una joven de 15 años de edad que forma parte de una familia adinerada de Nigeria. Vive con sus papás y su hermano mayor, Jaja, en una casa espaciosa y cómoda. Asiste a una buena escuela privada. Tiene personas a su servicio y come lo que se le antoja. Pero su vida dista mucho de ser feliz: su papá, un hombre de negocios muy exitoso, es un fanático católico que se empeña en tener una familia perfecta. Para lograrlo, recurre a todo tipo de violencia, contra sus hijos y contra su esposa. El terror se impone todos los días.

La comida ocupa buena parte de las descripciones del universo de esta novela. En Sankara Lounge Bar, en Madrid, se puede probar el fufú, un plato tradicional elaborado con ñame
que comían Kambili y Jaja en los almuerzos. Foto: Ariana Guevara Gómez

Las cosas cambian cuando Kambili y Jaja van a pasar unos días en casa de tía Ifeoma, la hermana de su papá. Allí la realidad es distinta: la comida es escasa y costosa, no se consigue gasolina, con frecuencia se va el agua y la luz. Pero, así como abundan las carencias, impera la libertad y la risa. Los primos, Amaka, Obiora y Chima, son criados con disciplina, pero sin opresión. También comparten un poco más con el abuelo, Papa-nukwu, que abraza las tradiciones nigerianas y es tolerante con el que piensa distinto. En este ambiente, Kambili y Jaja empiezan a entender que otra forma de ver el mundo es posible e, incluso, deseable.

El argumento en sí mismo me pareció llamativo. Pero, además de eso, me encantaron otros elementos de esta obra. Están, por ejemplo, las descripciones deliciosas de sabores, olores y tonalidades, que ayudan a sumergirse en el universo de la obra. Es interesante, además, la forma en la que incorpora términos en igbo sin caer en la explicación excesiva. Esta es una muestra: “—Ke kwanu? —le pregunté, aunque en realidad no era necesario preguntarle qué tal estaba”.

Además, los personajes son complejos y profundos. El papá, Eugene, es absolutamente verosímil. En su casa establece unas reglas férreas e inflexibles, pero en la sociedad es visto como un hombre generoso. Le hace regalos a la comunidad, ayuda a todo el que lo necesita y es defensor de los derechos humanos en un país azotado por los golpes de Estado y la corrupción. Yo lo odié durante toda la lectura, pero hubo momentos en los que hasta llegué a sentir un poco de compasión.

Kambili, la protagonista, es una muchacha tímida y sensible, que vive un conflicto perpetuo con los sentimientos hacia su papá: se da cuenta de que lo que él hace no está bien, pero al mismo tiempo siempre quiere agradarle y ganarse su admiración. Además, su lenta evolución me parece muy coherente con su personalidad. Jaja es otro personaje que me cautivó por su manera un tanto desafiante de afrontar su realidad —después de vivir con tía Ifeoma, claro—, y por el sentido de la culpa y la responsabilidad que asume a lo largo de la historia.

El estilo de este libro es tan hermoso y absorbente que se se puede leer en cualquier parte, mejor si es el aire libre y con un jardín muy cerca. Foto: Zvonimir Ilovaca Leiro

El resto de los personajes están igualmente bien construidos y tienen un impacto en el desarrollo de los acontecimientos o, por lo menos, permiten demostrar alguna característica de los personajes. Creo que ninguno sobra, ni siquiera Sisi, la muchacha dedicada a la cocina en la casa de Kambili y Jaja, que tiene un papel bastante secundario.

A eso habría que sumar que toda la madeja de relaciones se teje de forma magistral con un estilo sencillo, lleno de sensibilidad y delicadeza. Pero esa sencillez no significa superficialidad: las acciones de los personajes y sus diálogos invitan a reflexionar sobre temas profundos como la libertad, la violencia, las injusticias de los tiranos —tanto en el gobierno como en la intimidad de la casa—, la intolerancia. Creo que a mí me impactó especialmente porque asocié muchos de los sufrimientos del pueblo nigeriano con los que padece la gente de mi país, Venezuela.

Si bien es prácticamente una obra perfecta, solo tengo una pequeña crítica: las últimas páginas me parecieron un tanto atropelladas. Creo que el final se aceleró un poco. Pese a eso, no dudo al decir que La flor púrpura es una obra maravillosa, que ahora forma parte de mi lista de libros favoritos.


Dos fragmentos

“Durante las semanas siguientes, los periódicos que leíamos en familia evidenciaban un tono diferente, más apagado. También el Standard era diferente; era aún más crítico, más de lo habitual si cabe. Hasta el trayecto hacia la escuela había cambiado. La semana después del golpe, todas las mañanas Kevin arrancaba ramas de árboles y las colocaba sobre la matrícula del coche para que los manifestantes de Government Square nos dejaran pasar. Las ramas verdes significaban solidaridad. Pero nuestras ramas nunca resultaban tan vivas como las de los manifestantes y, a veces, al pasar me preguntaba qué debía de sentirse estando allí,  junto a ellos, de pie en la calzada clamando libertad”.

 

“Aquella visita lo empezó todo; el pequeño jardín de tía Ifeoma, junto al porche de su piso de Nsukka, comenzó a romper el silencio. El desafío de Jaja me parecía ahora igual que el experimento con los hibiscos púrpura de tía Ifeoma: raro, con un trasfondo fragante de libertad, pero de una libertad distinta a la que la multitud había clamado, agitando hojas verdes en Government Square, tras el golpe. Libertad para ser, para hacer”


Sobre la autora

Chimamanda Ngozi Adichie nació en Enugu, Nigeria, el 15 de septiembre de 1977, y creció en Nsukka, en la casa que una vez perteneció al escritor nigeriano Chinua Achebe. Su papá, James Nwoye Adichie, fue —así como la tía Ifeoma de La flor púrpura— profesor de la Universidad de Nigeria y más tarde ocupó el cargo de vicerrector de esa institución. Su mamá, Grace Ifeoma, trabajó como secretaria en la misma universidad. Chimamanda empezó a estudiar medicina en la Universidad de Nigeria, pero a los 19 años de edad se fue a Estados Unidos, pues ganó una beca para estudiar Comunicación y Ciencias Políticas en la Universidad de Drexler, Filadelfia. Terminó sus estudios en la Universidad del Este de Connecticut en 2001. Más tarde hizo un máster de escritura creativa en la Universidad Johns Hopkins, y en 2008 obtuvo otro título de posgrado en Estudios Africanos en la Universidad de Yale. Hasta ahora ha obtenido una gran cantidad de premios. En 2005 recibió el Commonwealth Writers’ Prize for Best First Book por La flor púrpura, que se publicó en octubre de 2003. En 2006 salió a la luz su segunda novela, Medio sol amarillo, que fue premiada con el Orange Prize for Fiction. Americanah, su tercera novela, se publicó en 2013 y recibió el Chicago Tribune Heartland Prize en su categoría de ficción y el National Book Critics Circle Award. También es autora del libro de relatos Algo alrededor de tu cuello, y de los ensayos Todos deberíamos ser feministas —basado en la charla TED con el mismo nombre— y Querida Ijeawele o cómo educar en el feminismo.

 

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