Arder en la memoria: hurgando en el pasado

El mejor lugar para leer Arder en la memoria es la Cervecería Restaurante Quevedo, en Madrid. El local se encuentra en la planta baja del edificio que una vez fue la vivienda de este escritor español, que tiene una aparición en esta historia. Foto: Zvonimir Ilovaca Leiro

 

Este libro de la madrileña Pepa Serrano Valverde cuenta con dos líneas temporales que se entrelazan: una se ambienta en el siglo XVII y la otra en 2011

Conocí Arder en la memoria, la tercera novela de Pepa Serrano Valverde, después de que la propia autora nos contactara para ofrecer el envío de su libro. Acepté porque me llamó la atención el argumento: narra las historias de dos personajes que, en épocas distintas, desean huir de un pasado que los atormenta. La intención de ambos es deslastrarse de eso que los ata y empezar a construir un futuro nuevo. Se trata de una lectura fluida, que, en términos generales, llegué a disfrutar, pero hacia la que también tengo sentimientos encontrados.

Como se trata de una lectura ligera, no hay necesidad de encontrar un sitio especialmente silencioso para disfrutarla. Foto: Zvonimir Ilovaca Leiro

La narración va intercalando los sucesos que le ocurren a ambos personajes. Por un lado, está la historia que se desarrolla en 2011, protagonizada por Beatriz, una mujer que no está feliz con su matrimonio y que se va a Villanueva de los Infantes, en Castilla-La Mancha, con la excusa de terminar su tesis de doctorado. Por el otro, se encuentra el relato ambientado a mediados del siglo XVII, en el que Rosario, un mozo de cuadras de un hidalgo de este mismo pueblo, debe afrontar el peso del poder y la injusticia. En algún punto de la novela —prácticamente al final— se descubre la relación entre las dos historias, aparentemente inconexas.

El planteamiento me pareció atractivo y durante las primeras páginas ya quería saber más sobre él. La estructura, separada en grandes capítulos que se subdividen a su vez en partes más pequeñas —en las que se van alternando las historias de los personajes—, ayudó a que la lectura se hiciera agradable.

Lo mejor es acompañar la lectura con un buen vino tinto, una bebida que se servía en la fonda donde trabajaba Rosario. Foto: Ariana Guevara Gómez

Disfruté especialmente el relato dedicado a Rosario, pues me pareció un personaje un poco más interesante, con una sencillez que se va convirtiendo en orgullo y que luego se transforma en una humildad que no llega a ser sumisión. Me encantó trasladarme a otro siglo, a los caballos, las fondas, los pueblos llenos de polvo, a la Madrid de esa época, tan llena de contrastes. Me hubiese gustado que se desarrollara un poco más el personaje de doña Catalina, la esposa del jefe de Rosario, que queda como la mala del cuento —mala, malísima, egoísta y manipuladora—, para saber un poco más sobre sus motivaciones y las razones de su comportamiento.

La historia de Beatriz, por su parte, no llegó a emocionarme. Un punto positivo es que el esposo no es el típico maltratador e infiel, sino más bien un hombre débil e hipocondríaco, capaz de frenar el desarrollo de los demás. Pero no terminó de convencerme el personaje de Beatriz. Sus monólogos sobre la ropa que debía ponerse para ver a Javier —un hombre al que conoce en el pueblo— me parecieron innecesarios. También en esta parte de la novela se hace referencia a una serie de ideas que me sonaron un tanto manidas: por ejemplo, que los nerds no son populares o que ella se sentía emocionada como una quinceañera enamorada. Eso, a mi juicio, le restó puntos a la obra.

Pese a eso, es un libro entretenido. Lo recomiendo para quienes quieran engancharse con una lectura fresca. La curiosidad por saber cómo terminará todo hace que uno quiera seguir hasta el final.


El fragmento

“Rosario seguía sin hablar, sorprendido y enfadado por igual. Lo sabía. Doña Catalina lo sabía. Según ella desde el primer momento. Y no había dicho nada. Hasta ahora. Además, no parecía importarle. Estúpido él, Rosario la había medido, una vez más, por las reacciones propias del común de los mortales y ella, una vez más también, había vuelto a sorprenderle recordándole que no, que sus reacciones, que sus actuaciones y su comportamiento, nada tenían que ver con los que se esperan del resto de la humanidad. Ella solo quería de él su obediencia. Garantizarse el rato casi diario en el que él, siempre disponible, dejaba patente que ella estaba allí solo para servirla. Nada más. Ni exclusividad, ni celos. Nada. Solo la certeza de que él le pertenecía y de que ella podía humillarle siempre que quisiese”.


 

Sobre la autora

Pepa Serrano Valverde nació en Madrid y estudió Derecho en la Universidad Complutense. Su vida profesional se ha desarrollado en el área de los recursos humanos, pero su verdadera pasión es la escritura, tal como lo señala en su página web. Desde muy joven, empezó a escribir poesías y relatos cortos, que se difundían en el periódico del barrio donde vivía. Ahora ya tiene cuatro novelas publicadas: La culpa, Ni patria ni tribu, Arder en la memoria y Torre de Babel. También ha obtenido varios reconocimientos: en 1984 recibió el primer premio del Concurso Nacional Leer y Escribir, convocado por el Ministerio de la Cultura, por el cuento “Octubre eterno”, que fue publicado, con los otros ganadores, en un volumen de la Dirección General del Libro y Bibliotecas. Ha sido finalista de dos certámenes literarios y ganó un accésit, en la categoría internacional, del VI Premio Internacional de Relatos Patricia Sánchez Cuevas.

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